La delgada línea roja

Víctor Barrio, Cristina Cifuentes, Bimba Bosé, Pablo Iglesias, víctimas del terrorismo o del holocausto…Las redes sociales se llenan cada día más de opiniones que faltan al respeto y a la dignidad de las personas… ¿O tal vez no? Me gustaría abrir un debate sobre los límites de la libertad de expresión. Si algo han puesto de manifiesto episodios como los de los últimos días es que las nuevas tecnologías son un arma de doble filo cuando quien las utiliza lo hace con mala fe y amparado, en la mayor parte de los casos, en el anonimato. La enorme difusión de las redes sociales aumenta el daño en las víctimas. Esto es claro. Los famosos “ciento cuarenta caracteres” de twitter generan opiniones basadas en la inmediatez de pensamiento y la nula reflexión sobre lo que se escribe. En nuestro pueblo hemos vivido algún caso que tuvo bastante repercusión nacional por la poca “cabeza” de alguno de nuestros ediles. El problema es dónde y quién sitúa esta delgada línea roja que separa la libertad de expresión del delito.
Por lo que respecta a dónde colocamos esta línea, además de las injurias (acción o expresión que lesiona la dignidad de una persona), calumnias (imputar un delito con conocimiento de su falsedad) o amenazas, es punible todo lo que suponga una apología del delito, pero entendida ésta como provocación. El artículo 141 del Código Penal castiga «la provocación, conspiración y proposición para cometer los delitos previstos en los tres artículos precedentes (homicidio y asesinato)». Aquí el problema radica en la interpretación que hace la fiscalía de lo que es susceptible de ser delito y lo que no, dejándose llevar en muchos casos por opiniones sesgadas y politizadas, como por ejemplo en el caso de los chistes sobre Irene Villa y el holocausto emitidos por el concejal de Madrid, Guillermo Zapata. A mi modo de ver estos chistes son de dudoso gusto, pero en ningún caso pueden ser delito atendiendo al código penal.
Por lo que respecta a quién decide lo que es delito y lo que no, deberían ser los jueces los que lo hicieran, absteniéndose de escuchar a “politiquillos de tres al cuarto” que hacen ruido o callan según convenga. Un ejemplo: cuando varios desalmados, vistiéndose de antitaurinos, twitearon barbaridades sobre la muerte del torero Víctor Barrio, el señor presidente del gobierno les afeó la conducta con vehemencia. El reciente fallecimiento de Bimba Bosé, ha generado diversos tweets homófobos de una calaña bajísima que sin embargo todavía no han recibido ningún comentario por parte del señor presidente. Otra más, y esta es para gafas de aumento: hace poco el pleno del ayuntamiento de Almuradiel (Ciudad Real) decidió, con los votos del PP y Ciudadanos, dedicar una calle al dueño del bar Casa Pepe, famoso por ser un templo de exaltación franquista, como bien podemos comprobar en su perfil de facebook (Mariano, tú también tienes facebook). ¿Es que también vamos a intentar sacar réditos políticos buceando en las inmundicias que generan las redes sociales? ¡Mal, Mariano! Mejor dejemos que la fiscalía y los jueces hagan su trabajo, aunque mucha independencia para ello no tengan (esto será debate para otro artículo).
El color rojo-peligro de nuestra delgada línea vendrá marcado por la educación en el respeto a las personas y en la correcta utilización de las redes sociales. El sistema educativo tiene mucho que decir sobre esto, y la supresión de asignaturas como “Educación para la Ciudadanía”, que yo tuve la suerte de cursar, ha supuesto un retroceso a la hora de erradicar estos comportamientos. Ahora nos toca a todos coger brocha y pintura para fijar la línea que nos proteja de los “talibanes de la red”.

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